Hoy compartí la Media Maratón de Buenos Aires desde un lugar distinto: el de espectadora.
Una carrera multitudinaria, con más de 27.000 corredores, que vengo corriendo desde hace ocho años. Este año, por una lesión, no pude estar en la largada, aunque sí en la vereda, observando un evento que para mí siempre es una fiesta.
Y al ver pasar a los corredores, algo me hizo reflexionar: todos salieron a hacer camino, compartieron la misma ruta, pero cada uno lo hizo a su manera, con su forma y con sus pasos. Incluso vi a algunos disfrazados de superhéroes y, aun bajo el disfraz, corrían como ellos mismos.
Y pensé: en la vida, como en el deporte, uno no puede correr siendo alguien que no es..
La energía que se bloquea
La vergüenza no es solo una emoción. Es un bloqueo energético que nos atraviesa. Cuando aparece, es como si nuestro centro vital se cerrara: nuestra voz se encoge, nuestra mirada se esquiva, nuestro cuerpo se repliega. La vergüenza corta el flujo de la vida que debería circular libremente por nosotros. Nos desconecta de nuestra autenticidad y nos instala en la duda constante: ¿está bien lo que digo, lo que pienso, lo que hago?
El asesino silencioso de nuestras posibilidades
La vergüenza es un asesino silencioso. Nos roba espontaneidad, creatividad y libertad. Nos hace modificar nuestra voz para adaptarla a la mirada ajena, aunque esa mirada ni siquiera exista o esté imaginada. Nos deja en la orilla de la vida, dudando, mientras las oportunidades pasan.
Cuando la vergüenza manda, empezamos a vivir un guion que no escribimos nosotros, sino que armamos para encajar en lo que creemos que los demás esperan. Y ahí, poco a poco, dejamos de estar en el centro de nuestra propia historia.
Lo que nos perdemos
¿Cuántas veces nos frenamos por vergüenza?
– Vergüenza de mostrar lo que pensamos.
– Vergüenza de intentar algo y equivocarnos.
– Vergüenza de decir lo que sentimos.
– Vergüenza de ocupar un lugar distinto a las expectativas del otro.
Cada una de esas veces nos perdemos de ser nosotros mismos. Y lo más doloroso es que nos perdemos de vivir en libertad. Porque la libertad no es hacer lo que se nos ocurre, sino animarnos a ser lo que realmente somos.
El mundo tiene lugar para todos
La verdadera inclusión no se trata solo de abrir espacios sociales o políticos, sino de reconocer que en este mundo hay lugar para todos. Para cada voz, cada forma de ser, cada historia única.
Así como en la carrera cada persona avanzó con su propio paso, en la vida también hay espacio para cada manera de existir. Nadie necesita ser copia de nadie. Nadie tiene que encajar en un molde. Lo que necesitamos es animarnos a expresar lo propio, con dignidad y con respeto.
Vivir sin vergüenza: volver a la libertad
Vivir sin vergüenza no es no equivocarse nunca, ni tenerlo todo resuelto. Es algo mucho más simple y profundo:
– Es permitirse hablar con la propia voz.
– Es defender lo que sentimos verdadero, aunque no todos lo compartan.
– Es habitar la vida desde la autenticidad y no desde el disfraz.
La libertad empieza ahí: en soltar la mirada ajena como vara de medida y ocupar, con confianza, el centro de nuestra vida. Habilitarnos a ser.
El brillo después de la vergüenza
Tal vez llegue un momento, andando el camino, en que para poder brillar tengamos que soltarle la mano a la vergüenza. Y en ese gesto silencioso, empezar a caminar nuestra vida con voz propia, con dignidad y con libertad.
“Nuestra voz, nuestra verdad, nuestro camino.
Vivir en autenticidad es el mayor acto de dignidad.”