Vivir en la ciudad facilita muchas cosas, pero también nos enfrenta a desafíos cotidianos: el ruido, el tránsito, la tensión colectiva que se respira en las calles. A la mañana me sorprende ver tan poca gente sonriendo. La mayoría camina apurada, ansiosa, preocupada.
Un día decidí hacer algo distinto: pararme en la esquina de Avenida Las Heras y Avenida Pueyrredón con diez flores en la mano. Y cada vez que veía a alguien con el rostro mustio, me acercaba y le decía:
“¿Te regalo una flor?”
Las respuestas fueron reveladoras:
- Cinco personas la recibieron con gratitud y me devolvieron el gesto con una sonrisa enorme.
- Las otras cinco la rechazaron. Algunas me miraron con desconfianza, otras hicieron un gesto de “no” con la mano, y una incluso me dijo: “No quiero una flor, salí de acá.”
Esa experiencia me dejó pensando:
Se acerca la primavera: ¿estamos con la actitud para recibirla?
¿Estamos abiertos a recibir un regalo inesperado?
¿Estamos abiertos a que la vida nos sorprenda con algo bonito?
¿Por qué nos cuesta recibir?
Esa mañana entendí que recibir no siempre es fácil.
Cuando decimos “no” a una flor, tal vez no estamos rechazando la flor en sí, sino todo lo que representa.
- A veces decimos que no al disfrute, porque nos enseñaron que hay que ganarse todo con esfuerzo y que lo gratuito no vale.
- A veces decimos que no a lo nuevo, porque nos asusta salir de lo conocido, aunque lo conocido nos pese.
- A veces decimos que no a lo bueno, porque una parte de nosotros cree que no lo merece o teme que se esfume rápido.
En el fondo, rechazar un regalo puede ser también una forma de protegernos. Pero esa protección nos encierra en una vida más gris, donde lo inesperado y lo bonito no tienen lugar.
El peso de las frases que nos condicionan
Muchas veces no es solo la flor lo que rechazamos.
Nos acompañan frases que parecen inocentes, pero que en realidad nos marcan:
- “Demasiado bueno para ser cierto.”
- “A mí nadie me regaló nada.”
- “Lo que fácil viene, fácil se va.”
Todas estas expresiones esconden una creencia profunda: que lo bueno hay que pagarlo caro, con esfuerzo, dolor o sacrificio. Y cuando lo recibimos de manera simple, gratuita o inesperada, se nos activa la sospecha.
Y ahí aparece otra pregunta incómoda:
¿Quién piensa que, si alguien te regala algo, te quedás en deuda?
Esa idea —tan instalada— hace que muchas veces no sepamos recibir. Como si aceptar un gesto bonito nos restara libertad.
Merecimiento: ¿me lo permito?
El tema del merecimiento atraviesa más de lo que pensamos.
Si creo que no merezco algo, voy a rechazarlo aunque lo desee.
Si creo que sí merezco, lo voy a recibir y voy a darle espacio en mi vida.
El merecimiento no tiene que ver con si “hice lo suficiente” o si “me porté bien”.
Tiene que ver con reconocer que, como seres humanos, ya somos dignos de cosas buenas, de amor, de regalos, de belleza, de alegría.
Aceptar una flor, una sonrisa, una buena noticia o una oportunidad no nos hace débiles ni dependientes: nos hace humanos, abiertos a la vida.
Cuando nos permitimos recibir, algo cambia: el disfrute deja de ser sospechoso y empieza a ser natural.
De la escasez a la abundancia
Detrás del rechazo también está nuestra relación con la abundancia.
Si pienso que la vida es escasa, voy a sentir que cada regalo es sospechoso o que me quita algo que después voy a tener que devolver.
Si pienso que lo bueno es limitado, voy a sentir que no me corresponde o que, si lo acepto, otro pierde.
Pero cuando vivo desde la abundancia, una flor es simplemente una flor: un gesto sencillo que no se explica ni se paga, se recibe.
La abundancia no siempre es tener más cosas. Es abrirnos a la posibilidad de que la vida también trae belleza, regalos y oportunidades inesperadas.
Gratitud: la llave que abre
Aquí aparece la gratitud. Porque la gratitud es la llave que abre la puerta a la abundancia.
Cuando agradecemos lo pequeño, estamos entrenando el corazón para reconocer lo grande.
Cuando agradecemos lo que recibimos, dejamos de vivir en la sospecha y nos permitimos disfrutar.
La gratitud no es un “gracias” automático: es una forma de habitar el mundo. Es una actitud que nos mantiene abiertos a recibir, a dejarnos sorprender, a reconocer que también merecemos lo bueno.
Una práctica para cada día – Andar y sonreír
Yo pienso que, para que la vida nos sonría, debemos sonreírle primero.
Tal vez no todos los días alguien nos regale flores en la calle.
Pero sí podemos entrenar la capacidad de recibir:
- Aceptando un cumplido sin justificarlo ni minimizarlo.
- Recibiendo ayuda sin sentir que quedamos en deuda.
- Diciendo “gracias” de verdad cuando la vida nos da algo inesperado.
Cada vez que lo hacemos, estamos practicando merecimiento, abundancia y gratitud.
Cuando sonrío a la vida, pasan cosas buenas.
En las carreras largas me pasa seguido: cuando el cansancio aparece, sonrío. Muchas veces esa sonrisa es intencionada, impuesta, pero mi cerebro no lo sabe, y algo bueno empieza a pasar en el cuerpo… y algo mejor en el camino. He logrado alejar dolores con una sonrisa, aunque al inicio sea forzada.
Sonreír es decirle a la vida: “estoy acá, y estoy lista para vivir cosas buenas.”
Y entonces me pregunto: ¿qué pasaría si llevamos esta práctica a lo cotidiano?
Se acerca la primavera y yo te regalo una flor.
Vos, me devolves una sonrisa?