¿Por qué lo que necesitamos lo buscamos afuera?
Quiero compartirles un estado del que me costó salir. Simplemente porque no veía la salida. Yo pasé un tiempo largo de mi vida enojada porque no me llegaban las oportunidades. Me sentía frustrada, cansada, mirando al cielo y repitiendo una y otra vez: “¿Por qué a mí no? ¿Por qué no me das una señal?”.
Le pedía al Universo, a Dios, a lo divino, que me ayudaran. Y, si soy honesta, claro que lo hacían. Siempre lo hacen. Pero yo no podía verlo.
Era como si estuviera esperando que alguien me contestara un mensaje urgente y lo único que recibía era ese silencio cruel que todos conocemos en tiempos de WhatsApp: el visto.
Ahí nació esta reflexión: muchas veces sentimos que Dios nos clavó el visto.
Decidir qué partido jugamos
En Argentina, repetidas veces llevamos el fútbol al lenguaje de la vida, y me voy a permitir hacerlo en este artículo. Creo que muestra una escena clara que todos podemos comprender. Porque en lo cotidiano jugamos partidos donde importan la pasión y el esfuerzo, la estrategia que elegimos y la manera en que abrazamos tanto la victoria como la derrota.
En mi caso, la escena se veía así:
Estoy en el área, bien parada, lista para patear al arco. Miro para arriba y digo:
—Dios, tirame un centro.
—Por favor, una sola pelota clara.
—Una chance. Un pase que me habilite.
Y lo pido con fuerza, como si dependiera todo de eso:
“Necesito que me ayudes.
Necesito que me veas.
Necesito que me tires algo”.
Pero no recibo nada. O bueno… recibo silencio.
Y ahí siento que Dios (o el Universo, o la vida misma) me clavó el visto.
Cuando el silencio habla
Cuando esto pasa, solemos caer en dos caminos conocidos:
- El camino de la víctima.
Pensamos: “Yo no tengo suerte. A mí no me escucha. Todo me cuesta más que a los demás”.
“No es tanto lo que pido, sólo una oportunidad”.
Y en ese instante entregamos nuestro poder. Nos quedamos quietos, mirando al cielo, esperando que algo externo nos rescate. - El camino del “buenito”.
Creemos que, como hacemos las cosas bien, como nos portamos “correctamente”, ayudamos y somos buenos, merecemos la recompensa. Confundimos el merecimiento con una especie de ingenuidad automática: “Como soy bueno, la vida me tiene que premiar”.
En ambos caminos el resultado es el mismo: frustración y estancamiento.
El mensaje oculto en la espera
Lo que no solemos ver cuando entramos en esos caminos es que el silencio es un mensaje.
Un mensaje claro, contundente.
No se trata de que Dios no nos escuche.
No se trata de que el Universo se haya olvidado de nosotros.
El problema no está en la transmisión.
El problema está en la recepción.
Cambiar la mirada
El Universo responde por vibración. Y cuando estamos vibrando en la queja, en la víctima o en la espera pasiva, no hay señal que entre.
Es como tener el celular en modo avión y enojarnos porque no llegan los mensajes.
La señal está, las oportunidades están, pero nosotros no podemos verla.
La verdad es más simple y, a veces, incómoda:
No es que Dios no nos tiró el centro.
Dios nos está diciendo:
“No te puedo tirar el centro porque la pelota la tenés vos”.
Si querés hacer gol, PATEÁ.
El verdadero merecimiento
Merecer no es esperar que la vida nos premie como un maestro que reparte notas a los alumnos más aplicados.
Merecer es asumir la responsabilidad de crear, de movernos, de decidir.
La vida no nos mide por cuán “buenitos” somos, sino por cuán dispuestos estamos a jugar.
El merecimiento real no es pasivo. Es activo.
Se construye con acción, con decisiones, con valentía.
Preguntas que abren camino
- ¿Cuántas veces te sentiste en el área, como yo, esperando el pase salvador?
- ¿Cuánto tiempo más vas a esperar ese centro que nunca llega?
- ¿Qué pasaría si hoy reconocieras que la pelota ya está en tus pies?
Reflexión final
Esperar que “alguien” nos salve es el camino más directo a quedarnos congelados en la vida. El verdadero salto sucede cuando entendemos que lo que pedimos afuera, muchas veces, ya lo tenemos.
El centro ya vino.
La pelota ya está en tus pies.
El arco está enfrente.
Y ahora…
¿Qué hacés? ¿Pateás? ⚽🔥