Durante muchos años viví convencida de que yo no tenía suerte.
Me repetía frases como:
“Si rifan algo y tengo todos los números, seguro no me lo gano.”
“Yo, siempre triunfando…” (con esa ironía amarga que en realidad esconde frustración).
Era una especie de identidad asumida: la que no gana sorteos, la que tiene que remar todo el doble, la que no recibe nada “de arriba”.
Pero en algún momento, tuve dos revelaciones que me cambiaron la mirada.
La primera revelación: siempre la tuve
Un día entendí que en realidad siempre había tenido suerte.
Mi primer gran éxito fue nacer viva.
Ese simple hecho, que doy por sentado todos los días, ya es un regalo enorme.
A partir de ahí, cada paso en mi vida fue consecuencia de una cadena de hechos, decisiones, oportunidades y personas que me trajeron hasta acá.
Lo curioso es que no lo veía como suerte. Creía que “suerte” era ganar la lotería, salir beneficiada en una rifa o que todo me saliera fácil. Y al no reconocer lo que ya tenía, vivía con la sensación de carencia.
La segunda revelación: la piedrita de la suerte
La otra revelación llegó en plena montaña, corriendo el Patagonia Run, una carrera de 42 kilómetros que cuento en mi libro El arte de transformar lo imposible.
Había llevado conmigo una pequeña piedra que me acompañó muchos años, con forma de “huesito de la suerte”. La idea era ofrendarla a la montaña, como un gesto de gratitud y permiso para transitar sus caminos.
La carrera no era sencilla: en una bajada técnica quedé trabada detrás de una corredora que bajaba sentada, y no podíamos pasar. Perdí mucho tiempo y casi me quedo afuera del corte. El cansancio y la tensión eran enormes.
En medio de todo eso, llegó el momento de dejar la piedra. Y una pregunta me atravesó:
“Si dejo la piedrita, ¿me voy a quedar sin suerte?”
La respuesta apareció casi de inmediato:
“No, porque la suerte está dentro mío.”
Ese día, ofrendando la piedra, entendí que la suerte no estaba en un amuleto, en un objeto o en la casualidad. La suerte estaba en mí.
¿De dónde viene la palabra suerte?
La palabra suerte viene del latín sors, sortis, que significaba lote, destino, parte asignada. Relevando información descubrí que, en la antigüedad, se usaba para hablar de aquello que “tocaba” al echar suertes, como si la vida se definiera por azar.
Con el tiempo, el término fue ampliando su significado hasta nombrar también lo favorable e inesperado, eso que llega sin que lo hayamos planeado.
Hoy, cuando hablamos de suerte, podemos estar nombrando varias cosas distintas:
- Azar: lo que ocurre sin control.
- Destino: lo que parece ya escrito.
- Oportunidad: el momento que aparece y podemos aprovechar.
- Preparación que encuentra su ocasión: como decía Séneca, “La suerte es lo que ocurre cuando la preparación se encuentra con la oportunidad.”
¿Recibir suerte es azar?
Si pensamos que la suerte es solo azar, quedamos en un lugar pasivo: como espectadores de nuestra vida, esperando que algo externo nos salve.
Pero cuando entendemos la suerte como oportunidad más preparación, algo cambia: la suerte deja de ser algo que se espera y se transforma en algo que también se cultiva.
Blaise Pascal lo resumía así: “La casualidad favorece solo a la mente preparada.”
La suerte no es magia. Es estar listos para ver, recibir y aprovechar lo que la vida nos pone delante.
Y entonces surge una pregunta:
¿Y si pensamos que la suerte está en nosotros, por qué seguimos esperando encontrarnos un trébol de cuatro hojas?
Y otra más:
¿Existen tréboles de cuatro hojas en los caminos recorridos una y otra vez? Si siempre vamos a lo mismo, ¿podemos encontrar allí la suerte que tanto anhelamos?
Cábalas, amuletos y recordatorios
¿Por qué necesitamos cábalas? Porque nos dan seguridad frente a lo incierto. Nos hacen sentir que tenemos un aliado, algo que nos sostiene en medio de lo imprevisible.
Yo misma tengo objetos que me acompañan: dos estampitas —la Virgen de Luján y San Expedito—, la foto de una llave y un billete que siempre guardo en la funda del celular.
¿Eso me da suerte? No lo sé.
Lo que sí sé es que en momentos difíciles me recuerdan que no estoy sola, que tengo recursos, fe y memoria de dónde vengo.
La llave me recuerda que el poder lo tengo yo para abrir puertas.
El billete me conecta con la enseñanza de mi papá, que decía que nunca debía andar sin dinero “por si me pasaba algo”. Aunque, claro, si estoy corriendo en la montaña mucho no me sirve. Pero lo llevo igual: es un símbolo.
Y las estampitas me conectan con una fe sencilla, con la confianza en que puedo pedir y agradecer.
Más que amuletos mágicos, son símbolos. Y como todos los símbolos, me recuerdan que la verdadera suerte no depende de ellos, sino de cómo elijo caminar la vida.
La suerte en lo cotidiano
Más allá de las grandes carreras o gestos simbólicos, la suerte también se juega en lo cotidiano.
- Cuando alguien nos reconoce en el trabajo y decimos: “qué suerte que me vio.”
- Cuando nos cruzamos con la persona indicada en el momento justo: “qué suerte que coincidimos.”
- Cuando no sucede algo malo que temíamos: “qué suerte que no pasó.”
La suerte aparece en frases pequeñas, pero siempre está teñida por nuestra mirada. A veces pensamos que fue pura casualidad.
Otras veces reconocemos que también hubo algo de nuestra preparación, de estar en el lugar, de habernos animado.
Suerte y merecimiento
Algo que descubrí con el tiempo es que la relación con la suerte también pasa por el merecimiento.
- Si creo que no merezco, aunque me pase algo bueno lo voy a rechazar, minimizar o atribuir solo a los demás.
- Si creo que sí merezco, voy a recibirlo, agradecerlo y abrirme a más.
La suerte no siempre es cuestión de azar. Muchas veces es cuestión de permitirnos recibir.
Reflexión final
Ese día en la montaña entendí algo que cambió mi vida:
la suerte no está en una piedra ni en una rifa.
La suerte está en mí: en mi preparación, en mi confianza, en mi capacidad de abrirme a lo que llega.
Y cuanto más me reconozco como creadora de mi suerte, más me sorprende la vida con oportunidades y regalos.
Entonces te pregunto:
¿Dónde creés que habita tu suerte:
afuera, en lo que te toca… o adentro tuyo, en lo que decidís crear?